Hace ya algunos años, que se empezó a hablar del SIDA. Era una enfermedad casi misteriosa que
se llevaba a la gente por delante. Parecía algo que había nacido de la nada y de
lo que poco se sabía, solo que era sinónimo de tener los días contados.
Empezamos a oír a hablar de ella como una enfermedad de homosexuales,
que poco a poco pasó a ser una enfermedad de toxicómanos por vía intravenosa, o
sea, algo de maricas y de yonkis para el gran público, y por tanto, la gente “decente”
se encontraba más o menos a salvo…
Después nos dimos cuenta de que no era algo tan marginal,
que había gente famosa que tenia aquella enfermedad, ídolos del deporte de jóvenes
y adolescentes, como Magic Johnson, estrellas del rock como Freddie Mercury o
galanes de Hollywood como Rock Hudson… Pero bueno ¿Cómo era posible? Aquella gente
no era lo que teníamos en mente de lo que podía ser un enfermo de sida, no eran
viciosos marginales, bueno marginales no, pero viciosos… tanto rock, tanto
Hollywood, esta gente acaba mal… El rock y sus excesos, ya se sabe, pero Rock
Hudson, un galán que resulta ser marica ¡nos tenía engañados! ¡y lo de Magic…!
eso si que no tenía explicación. O si…
Era aquella sociedad, en la que aún estábamos llenos de
prejuicios, de tabúes, de desprecio… El
sida era un estigma, se utilizaba la palabra sidoso como algo ofensivo, como si
el que lo padeciese era alguien que se lo merecía por vicioso, por asqueroso, y
por no ser como la gente respetable, a la que nunca le iba a tocar.
En los barrios, caían los chicos victimas de sida, conozco
algún caso que después de salir de la droga no pudo con el sida; tragedias
cotidianas de gente normal, víctimas de la droga, de la enfermedad y de la
sociedad que se limitaba a decir “pobre chico”, mientras miraba para otro lado
pensando “al fin y al cabo tú te lo has buscado…”
Fueron apareciendo las campañas, como aquella inolvidable
para muchos de “póntelo, pónselo” que en aquella España nuestra, con
aspiraciones de moderna, supuso una revolución porque se invitaba a usar
condones no como estaban acostumbrados nuestros padres o hermanos mayores para
evitar embarazos y de forma casi clandestina, sino como algo que te podía
salvar la vida. Porque no olvidemos que entonces sida y muerte caminaban de la
mano.
Empezamos a tener información, empezaron a aparecer los
lazos rojos, empezamos a familiarizarnos con algunos términos, como el término
VIH en lugar de sida, empezábamos a oír hablar de los “ceropositivos” que era
gente que tenía el sida pero que no estaba para morirse, no lo entendíamos muy
bien porque hasta entonces el sida nos parecía algo que mataba de forma
fulminante, se generalizó aquello del “sexo seguro”, se empezó a hablar de las
narcosalas, de repartir preservativos a las prostitutas, de campañas en institutos
que nos hacían más o menos gracia porque venían unos chicos a repartir folletos,
dar una charla y repartir condones.
Poco a poco fuimos conscientes que aquella enfermedad “de maricas y drogadictos” no estaba destinada
solo a ellos. Aquella enfermedad, como todas, le podía tocar a cualquiera, por
una relación sexual homosexual o heterosexual, por cualquier fatalidad
utilizando material que pudiese contener sangre, o incluso en transfusiones de
sangre. Se fueron conociendo cada vez más casos de “gente normal” que se había
contagiado, y la información y la prevención fue llegando cada vez a más gente
y de forma más clara. Fuimos conscientes de que en África el sida era algo devastador,
que no era una enfermedad moderna del mundo moderno, sino que azotaba con más
fuerza aún a aquellos que les suele tocar siempre, y no me refiero a “maricas y
yonkis” sino a la gente que no ha tenido
la suerte de nacer o vivir en lo que llamamos países desarrollados.
Hoy por hoy, gracias a la investigación sobre esta
enfermedad, gracias al desarrollo de fármacos, gracias al esfuerzo de muchos, parece que lo que era una enfermedad mortal
está pasando a ser una enfermedad crónica con una calidad de vida aceptable en
gran parte de los casos, al menos para las personas que tienen la suerte de
vivir en países que pueden asumir el coste de los tratamientos. Sabemos que VIH
ya no es sinónimo de sida, sabemos que un seropositivo es una persona que se
tiene que cuidar y que puede contagiar al resto, pero que ya no mueren como
antes. Se habla de vacunas, se habla de posibilidad de desarrollar fármacos para
curar la enfermedad, se habla del 2030… Lo que parece difícil es que la
información, la prevención y los medicamentos lleguen a esos países en los que la
enfermedad mata a más gente, eso sí, hay no se qué artefacto en no sé qué
asteroide tomando datos sobre no se qué cosa.
Hasta entonces, hasta que se gane la batalla, seguiré
brindando hasta la cirrosis por la vacuna del sida, que decía Andrés Calamaro.
Y tú, lector que lees esto, puede que no seas médico, ni
trabajes en un hospital, ni te dediques a investigar nuevos fármacos, pero
puedes hacer algo importante y vital por las personas que tienen VIH: es algo
tan simple como no discriminar. Está en manos de todos