Una vez más tenemos la inmigración a la puerta de casa. Una
vez más nos echamos las manos a la cabeza porque vemos las consecuencias del
reparto de la riqueza y de la globalización. Una vez más pensamos que algo hay
que hacer, que no hay derecho, que no se merecen eso, que hay que darles una
oportunidad, que no tienen la culpa de lo que les ha tocado vivir…
Y los gobiernos del mundo “libre” deciden sobre el destino
de esas personas, si “les damos una oportunidad” desde nuestra gran
benevolencia o por el contrario les damos con la puerta en las narices como
cuando mi abuela despachaba a los pobres con un “Dios le ampare, hermano”. Y
los ciudadanos del mundo “libre” nos apresuramos a opinar, a sentenciar a corto
plazo, a decir desde la progresía que no acoger es de ser unos nazis y unos racistas,
xenófobos o insensibles, o desde el identitarismo que no se puede acoger a
nadie más, que Europa es nuestra casa y los nuestros deben de tener prioridad
frente a aquellos que vienen de fuera a beneficiarse de nuestro estado del “bienestar”,
de ayudas y subvenciones mientras que hay compatriotas nuestros en situaciones
de pobreza.
Y lo jodido, lo realmente jodido, es que la solución no es
fácil. La solución no es acoger por acoger a todo aquel que venga, que aunque
es un lavaconciencias cojonudo no deja de ser pan para hoy y hambre para
mañana, porque a poco que sepamos de matemáticas, no se puede mantener a todos
en nuestros países del mundo libre y mucho menos darles trabajo cuando lo del
pleno empleo para los que ya estamos hoy por hoy es prácticamente una utopía, y
nuestros recursos cada vez van a menos, nuestro sistema de “bienestar” a veces
se tambalea por la deslocalización industrial fruto de la globalización, por el
envejecimiento de la población y porque el sistema social cada vez es menos
social. Y dejarlos morir en medio del océano, o condenados al hambre y a la
miseria en sus remotos países tampoco es lo más ético si nos queremos ganar el
apelativo de humanos.
El problema es global, la solución no consiste en acoger y
dar de comer al hambriento un día, sino en procurar que ese hambre desaparezca,
en un planeta en el que los recursos están mal repartidos. Por supuesto que no
se puede dejar morir de hambre al que llama a nuestra puerta, pero si ha
llegado hasta nuestra puerta, que realmente es lo que nos jode, ver la pobreza
en nuestra puerta, quizá estemos haciendo algo mal. Y es que el mundo que
conocemos está montado así. Nuestro estado del “bienestar” está montado sobre
la miseria de otros. Este mundo global que conlleva el enriquecimiento de unos
mediante la miseria de otros, la deslocalización de los medios de producción
hacia países en los que la esclavitud no consiste en algo del pasado, y que
nosotros, de una u otra manera, estamos fomentando irremediablemente con
nuestro consumo. Países en guerra por nuestros oscuros intereses, y digo
nuestros porque aunque no nos guste ese tipo de cosas son las que mantienen
nuestro sistema de “bienestar”, aunque luego lavemos nuestras conciencias
exigiendo solidaridad a nuestros gobiernos tuiteando desde teléfonos móviles
posiblemente fabricados en países lejanos por unos pocos céntimos la hora.
Yo creo en la igualdad del ser humano, provenga de donde provenga, y al mismo tiempo creo en la riqueza de los pueblos, y aunque las migraciones no son malas por naturaleza también creo en la importancia del arraigo, de la identidad, de poderte ganar el sustento en donde están los tuyos, en la tierra de tus antepasados conservando costumbres y tradiciones que acaban diluyéndose con las migraciones tanto de los que vienen como de los que están, pienso que nadie se quiere ir de su tierra, y hablo por mí que por mi profesión tengo más posibilidades en tierras lejanas pero me resisto a dejar mi país, la tierra que mis antepasados regaron con su sangre y sudor para hacer de España algo mejor que lo que ellos conocieron.
Yo creo en la igualdad del ser humano, provenga de donde provenga, y al mismo tiempo creo en la riqueza de los pueblos, y aunque las migraciones no son malas por naturaleza también creo en la importancia del arraigo, de la identidad, de poderte ganar el sustento en donde están los tuyos, en la tierra de tus antepasados conservando costumbres y tradiciones que acaban diluyéndose con las migraciones tanto de los que vienen como de los que están, pienso que nadie se quiere ir de su tierra, y hablo por mí que por mi profesión tengo más posibilidades en tierras lejanas pero me resisto a dejar mi país, la tierra que mis antepasados regaron con su sangre y sudor para hacer de España algo mejor que lo que ellos conocieron.
El problema no está en un barco en el mar Mediterráneo, está
ahí a corto plazo, pero hoy son ellos y dentro de unos días serán otros cada
uno con su historia, con su nombre, con su familia, buscando algo que comer,
una vida mejor o al menos una vida. Sinceramente no se cuál es la solución, es fácil
escribir chorradas en la comodidad de casa, sabiendo que mañana no me va a
faltar el sustento, creo que la clave, como en la gran mayoría de problemas que
tenemos actualmente, está en la educación y en la auténtica solidaridad que
consiste en no aprovecharse del resto de seres humanos.
Hoy ha sido el Acuarius, barco de una ONG de la que, entre
otras, tengo el orgullo de ser socio, no se si ese es el camino, creo en la
Justicia Social y en todos aquellos que cada día demuestran que se puede ayudar
al prójimo activamente con algo más que bocadillos y subvenciones que no dejan
de ser pan para hoy y hambre para mañana. Mañana será un cayuco, o miles, o un
camión, o un campamento detrás de una verja… Y seguiremos tirando de
solidaridad barata o de identitarismo de bar como solución. Pero si la
situación se sigue produciendo pese a nuestra solidaridad o nuestro rechazo,
eso quiere decir que esa solución no vale…