Hoy hace unos cuantos años de mi primer encuentro con mi
amigo Rubén. No fue un encuentro en una red social ni en un bar. Aquel día de
septiembre estábamos apunto de comenzar una andadura que cambiaria nuestras
vidas. Era un día de cartera y de cuaderno, de lápiz y de goma. Era el día que
empezamos a ir a parvulitos. Es cierto que había más niños, y algunos de ellos
siguen siendo mis amigos. Lo que tiene de especial aquel momento es que fuimos
los últimos que nos quedamos a la puerta, mientras el resto de niños ya habían entrado
Rubén y yo llorábamos a moco tendido porque no queríamos entrar en aquel mundo
desconocido llamado colegio y separarnos por primera vez de nuestras madres.
Recuerdo a la señorita Carmina que salió a por nosotros, nos dio un beso a cada
uno, nos cogió la mano y nos llevó adentro. Supongo que nuestras madres
quedaron en la puerta con una sensación no muy agradable, y se que guardan
aquel momento que recordamos de vez en cuando, mi madre no se olvida de Rubén, “el
de la puerta del colegio” y supongo que a la madre de Rubén le pasará algo
similar conmigo.
Pasaron los años, la amistad tuvo diferentes etapas, y según
fuimos forjando nuestra personalidad llegando a ese punto llamado adolescencia
en el que tienes que elegir, tomamos la decisión inconsciente de seguir juntos
en el camino. Años locos, de beberse la vida de un tirón, de romperse los tímpanos
escuchando Rock and Roll y de conversaciones interminables acompañadas del
sonido del vidrio, del humo de un cigarrillo o del silencio cómplice de la
noche…
Después viene la época de las decisiones que se suponen
serias, aunque para mí la verdad una de las decisiones más serias es elegir a
mis amigos. Cada uno con sus aciertos y sus fracasos, con chicas fugaces o
duraderas, caminos aparentemente diferentes, abriendo fronteras a un mundo que
traspasaba aquellos muros del barrio, aquellos bares de siempre, y aquellas
chicas a las que amábamos en silencio, para conocer nuevas gentes, nuevos retos
académicos y laborales, pero siempre sabiendo que uno y otro estábamos ahí.
Por suerte, a pesar del tiempo, de las mujeres que han
pasado por nuestras vidas, de los trabajos, de las circunstancias nunca nos
separamos del todo. Siempre hemos seguido sabiendo uno del otro, compartiendo
logros y fracasos, con la sensación de hacerlos propios.
Hace unos años, después de nuestro deambular por el mundo,
mi amigo Rubén quiso compartir un momento importante de su vida conmigo, y con
un pequeño puñado de amigos del mismo calado, de esos que están ahí, a pesar
del tiempo, la distancia y las circunstancias sabes que son y están. La cita
fue histórica, como histórico fue el entorno (concierto de los Stones en San
Sebastián) y siempre agradeceré a Rubén que nos volviese a unir. Desde entonces
siempre buscamos una excusa para reunirnos de nuevo sin dejar pasar mucho tiempo y
compartir la vida.
Aparte de mi amigo Rubén tengo algunos amigos mas, lo he
puesto como ejemplo porque fue el primero que conocí en el colegio un 15 de
septiembre como hoy, pero tengo algunas historias más, historias de amistad.
Esa amistad que hace que aunque no te veas en años, el día del reencuentro todo
fluye, no hay incomodidad, no hay esa sensación de no saber de que hablar, o
pensar que molestas. Confianza plena para pedir un favor, para ofrecer el
hombro para llorar, los oídos para escuchar o la cabeza para ayudar a tomar
decisiones. Amigos que se alegran de tus éxitos, en lugar de tener envidia, y
se entristecen con tus fracasos y te ofrecen su mano, en lugar de hacer leña
del árbol caído. Amigos que a pesar de estar en otra posición en lo laboral o
en lo personal, te tratan como siempre, te tratan como a un igual, sin contarte
lo que tienen o lo que hacen desde la perspectiva de sentirse superiores, todo
lo contrario.
Una de las razones que tengo para sentirme afortunado es
seguir conservando a ese puñado de amigos incondicionales, a los que he
conocido en diferentes momentos de mi vida, unos en la niñez, otros en la
juventud, en diferentes ámbitos de la vida, pero siempre como elección
personal.
Espero seguir conservando a mis amigos hasta el final de
nuestros días. Una de las cosas que suelo decir es que a mí me basta con cuatro
amigos para que el día de mi entierro porten mi féretro y me acompañen a mi última
morada. El no tener la perspectiva de formar una familia me suele entristecer
(eso es otra historia), pero se que tengo algo que no tiene todo el mundo y es
esa amistad de verdad.
Como escribió Calderón de la Barca, y como rubricó mi amigo Rubén
en el reencuentro: “es parentesco sin sangre una amistad verdadera”