martes, 2 de diciembre de 2014

El SIDA...

Hace ya algunos años, que se empezó a hablar del  SIDA. Era una enfermedad casi misteriosa que se llevaba a la gente por delante. Parecía algo que había nacido de la nada y de lo que poco se sabía, solo que era sinónimo de tener los días contados.
Empezamos a oír a hablar de ella como una enfermedad de homosexuales, que poco a poco pasó a ser una enfermedad de toxicómanos por vía intravenosa, o sea, algo de maricas y de yonkis para el gran público, y por tanto, la gente “decente” se encontraba más o menos a salvo…
Después nos dimos cuenta de que no era algo tan marginal, que había gente famosa que tenia aquella enfermedad, ídolos del deporte de jóvenes y adolescentes, como Magic Johnson, estrellas del rock como Freddie Mercury o galanes de Hollywood como Rock Hudson… Pero bueno ¿Cómo era posible? Aquella gente no era lo que teníamos en mente de lo que podía ser un enfermo de sida, no eran viciosos marginales, bueno marginales no, pero viciosos… tanto rock, tanto Hollywood, esta gente acaba mal… El rock y sus excesos, ya se sabe, pero Rock Hudson, un galán que resulta ser marica ¡nos tenía engañados! ¡y lo de Magic…! eso si que no tenía explicación. O si…
Era aquella sociedad, en la que aún estábamos llenos de prejuicios, de tabúes, de desprecio…  El sida era un estigma, se utilizaba la palabra sidoso como algo ofensivo, como si el que lo padeciese era alguien que se lo merecía por vicioso, por asqueroso, y por no ser como la gente respetable, a la que nunca le iba a tocar.
En los barrios, caían los chicos victimas de sida, conozco algún caso que después de salir de la droga no pudo con el sida; tragedias cotidianas de gente normal, víctimas de la droga, de la enfermedad y de la sociedad que se limitaba a decir “pobre chico”, mientras miraba para otro lado pensando “al fin y al cabo tú te lo has buscado…”
Fueron apareciendo las campañas, como aquella inolvidable para muchos de “póntelo, pónselo” que en aquella España nuestra, con aspiraciones de moderna, supuso una revolución porque se invitaba a usar condones no como estaban acostumbrados nuestros padres o hermanos mayores para evitar embarazos y de forma casi clandestina, sino como algo que te podía salvar la vida. Porque no olvidemos que entonces sida y muerte caminaban de la mano.
Empezamos a tener información, empezaron a aparecer los lazos rojos, empezamos a familiarizarnos con algunos términos, como el término VIH en lugar de sida, empezábamos a oír hablar de los “ceropositivos” que era gente que tenía el sida pero que no estaba para morirse, no lo entendíamos muy bien porque hasta entonces el sida nos parecía algo que mataba de forma fulminante, se generalizó aquello del “sexo seguro”, se empezó a hablar de las narcosalas, de repartir preservativos a las prostitutas, de campañas en institutos que nos hacían más o menos gracia porque venían unos chicos a repartir folletos, dar una charla y repartir condones.
Poco a poco fuimos conscientes que aquella enfermedad  “de maricas y drogadictos” no estaba destinada solo a ellos. Aquella enfermedad, como todas, le podía tocar a cualquiera, por una relación sexual homosexual o heterosexual, por cualquier fatalidad utilizando material que pudiese contener sangre, o incluso en transfusiones de sangre. Se fueron conociendo cada vez más casos de “gente normal” que se había contagiado, y la información y la prevención fue llegando cada vez a más gente y de forma más clara. Fuimos conscientes de que en África el sida era algo devastador, que no era una enfermedad moderna del mundo moderno, sino que azotaba con más fuerza aún a aquellos que les suele tocar siempre, y no me refiero a “maricas y yonkis”  sino a la gente que no ha tenido la suerte de nacer o vivir en lo que llamamos países desarrollados.
Hoy por hoy, gracias a la investigación sobre esta enfermedad, gracias al desarrollo de fármacos, gracias al esfuerzo de muchos,  parece que lo que era una enfermedad mortal está pasando a ser una enfermedad crónica con una calidad de vida aceptable en gran parte de los casos, al menos para las personas que tienen la suerte de vivir en países que pueden asumir el coste de los tratamientos. Sabemos que VIH ya no es sinónimo de sida, sabemos que un seropositivo es una persona que se tiene que cuidar y que puede contagiar al resto, pero que ya no mueren como antes. Se habla de vacunas, se habla de posibilidad de desarrollar fármacos para curar la enfermedad, se habla del 2030… Lo que parece difícil es que la información, la prevención y los medicamentos lleguen a esos países en los que la enfermedad mata a más gente, eso sí, hay no se qué artefacto en no sé qué asteroide tomando datos sobre no se qué cosa.
Hasta entonces, hasta que se gane la batalla, seguiré brindando hasta la cirrosis por la vacuna del sida, que decía Andrés Calamaro.

Y tú, lector que lees esto, puede que no seas médico, ni trabajes en un hospital, ni te dediques a investigar nuevos fármacos, pero puedes hacer algo importante y vital por las personas que tienen VIH: es algo tan simple como no discriminar. Está en manos de todos